“Yo no me voy a sentar a quejarme, tengo que seguir adelante, con fe”

Santo Domingo.- Veintidós años atrás, cada tarde de miércoles a do­mingo, Rosa Elvira Mar­te (La Morena) sacaba su carrito frente al Colma­do Dogout, de la aveni­da Tiradentes, para ofre­cer sándwich de pierna de cerdo y hamburguesas a los transeúntes.

A ritmo de cualquier can­ción – la que sonara en el colmado – con una sonrisa amplia y actitud positiva, ella calentaba la plancha para ganarse el sustento. Ha estado en ese mismo lugar puntualmente sin importar, incluso, las in­clemencias del clima. “A mí no hay lluvia que me pare, la única vez que no he venido a trabajar fue cuando me operé de apen­dicitis”, dice.

Las noches regulares, cuando el COVID-19 era un problema solo de Chi­na, ella podía ganar hasta dos RD$2,000. “Pero mis fechas pico son las tempo­radas de pelota y los con­ciertos. Puedo vender en­tre siete y ocho mil pesos en solo seis horas”, dice La Morena, conocida en la zona por su imagen im­pecable y la higiene de su fuente de ingreso.

“Ah, yo no me descui­do. Me arreglo para tra­bajar como si fuera a una fiesta. Cuido el carrito y no dejo nada de basura en el área”. Tiene 52 años, es madre soltera y con este trabajo cría a sus dos hijos, uno de ellos graduado de Informática en la Univer­sidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

A La Morena, como a muchos trabajadores in­formales, el frenazo que ha impuesto la cuarentena ha abierto un agujero en sus finanzas. “Es matemá­tica simple, si no vendo, no como. Ahora no hay nada, porque el toque de queda también me afec­ta. Por suerte perdí po­co dinero en provisiones, el día que anunciaron las medidas regalé los panes y las carnes a los mucha­chos del colmado, quienes no me cobran por pararme en su frente, y me guardan la mercancía en su freezer”. Aprovecha para apuntar: “Antes tenía el carrito en Los Gandules, un amigo me ayudó a traerlo aquí, y a pe­sar de que trabajo de noche ningún hombre me ha falta­do el respeto, aunque – la­menta – me han atracado dos veces a punta de pisto­la”.

Reinventarse para seguir
Ella no siempre vivió del co­mercio informal. En su ado­lescencia laboraba en un sa­lón de belleza familiar. “Ahí aprendí a utilizar el blower, luego hice el curso de be­lleza, y ahora esos conoci­mientos son útiles”. Su ‘plan B’ ya está en proceso, en lo adelante, además de ven­der sándwiches para llevar, irá a las casas a secar el pe­lo. “Eso sí, con todas las me­didas de cuidado, con guan­tes y la mascarilla. Yo no me voy a sentar a quejarme, tengo que seguir adelante, con fe. He superado muchas pruebas, así que el corona­virus no me va a destruir”, expresa con un acento espe­ranzador que contagia.

Planes en pausa
En los días previos al con­finamiento, Rosa Elvira se preparaba para aumen­tar su catálogo de produc­tos. “Esa misma semana iba a agrandar el carrito para vender hot dog porque la gente lo busca mucho, aho­ra debo esperar”.

Una abuela en cuarentena
Este tiempo de pandemia también le ha traído bue­nas noticias. Su hija trajo al mundo su cuarto nieto. “Itam es el primer varón, nació en la Clínica Coromi­nas. Bien raro ese parto, con mascarilla entró Rosa Eliza a la sala, los pasillos vacíos y las enfermeras a distan­cia. No hubo visitas, ni rega­los, y no podíamos acérca­nos al bebé ni a ella. Gracias a Dios salimos bien. Y como trabajo menos estoy con ella disfrutando esta etapa de abuela, a veces pienso que no todo ha sido malo”.

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Finanzas
“El que trabaja por el diario debe aprender a organizarse, yo no he pasado trabajo porque siempre guardaba mis chelitos”.

Sin complejo
“Ser mujer no me ha li­mitado de nada. Cargo mi mercancía, arrastro el carrito, le pongo la lona, no ando con ño­ñería”.

Mensaje
“En este momento lo más importante es es­tar positivos. Cuidar­nos y pensar en formas de ganarnos la vida. Yo también sé coser, puedo arreglar cortinas, hacer ruedos, hay que seguir produciendo”.